WATAMOTE: ANÁLISIS REFLEXIVO

Tomoko Kuroki es una adolescente altamente introvertida e insegura, cuyas interacciones sociales se reducen al entorno virtual en el que permanece inmersa durante toda la noche, es por ello que su apariencia está severamente descuidada. Tomoko se percata de su escasa interacción con los compañeros de su clase y de cómo eso está afectando sus últimos días de preparatoria, por lo que durante cada episodio realiza un sinfín de intentos por transformarse en una chica popular. No cabe duda de que este anime esta erróneamente categorizado como “comedia” puesto que las situaciones en los que se ve envuelta su protagonista ocultan una cruda realidad que está lejos de ser divertida.

EL ROL DE LA IMITACIÓN EN LAS RELACIONES SOCIALES

¿La compañía es una elección o una necesidad?

Desde nuestra niñez somos forzados a pertenecer a un entorno social en el cual el triunfo está garantizado, pues como bien dice el popular dicho “dos cabezas piensan mejor que una” sin embargo un mensaje tan simple como éste ha sido malinterpretado durante miles de generaciones a lo largo de la historia. La sociabilidad no trae consigo un manual instructivo por lo que es absurdo anticipar un triunfo con su práctica, es innegable que nuestro comportamiento está estrechamente ligado al entorno pero es justo eso lo que, paradójicamente, nos aleja de la búsqueda de nuestra identidad; por lo tanto ¿es entonces la socialización un acto de imitación? Cuando interactuamos con los demás tenemos la tendencia consciente o inconsciente de imitar ciertos patrones de su comportamiento y los cuales poco a poco empezamos a considerar como propios; es así como anhelamos la compañía de aquellos que pueden influir en nosotros o viceversa, pero ¿qué ocurre con aquellos que son incapaces de adaptarse a esa influencia? Son los vulgarmente etiquetados como “raros, marginados, o fenómenos”, estos individuos han aprendido a cuestionar el acto de la imitación o bien les resulta imposible practicarlo con naturalidad.

Con ayuda de la frase del periodista y filósofo Walter Lippmann “Cuando todos piensan igual es porque ninguno está pensando” podemos cuestionar el dicho enunciado anteriormente: “dos cabezas piensan mejor que una”, por un lado no es del todo erróneo ya que con diversas interpretaciones de un mismo elemento se alcanza una certeza aún mayor sobre él pues hay factores que escapan a nuestra vista, el problema es cuando, por el otro lado entra en juego el acto de la imitación, el instante en el cual todos compartimos la misma visión del elemento; en un entorno escolar e incluso laboral, la mayoría centrara toda su atención en el que aparente ser él más listo o simpático o simplemente en aquel que está posicionado en un cargo más alto que el nuestro (jefe, maestro, etc.) y será este el punto de referencia, quién rara vez será cuestionado, bien sea, por temor al rechazo, expulsión, o cualquier otro acto que nos afecte socialmente. 

Si dos cabezas piensan igual su idea del triunfo será entonces la misma y es así como la sociabilidad se convierte en sinónimo de éxito. Y ¿Cuál es esa idea del triunfo que resulta del acto de imitación? La respuesta es más que evidente, en la niñez: es el exceso de amigos y juguetes; en la adolescencia: es la diversión, placer, belleza, y finalmente en la adultez: dinero, estatus, pareja etcétera; en resumidas cuentas, estas tres fases se mueven bajo objetivos superficiales, pues son estos los más influenciables dentro del entorno social. Pero, ¿esos objetivos realmente nos encaminan a la felicidad? ¿Son honestas las sonrisas de quienes los alcanzan? Es indiscutible que estos objetivos triviales y mundanos están cobijados por el miedo, pues son dichas cualidades las que hacen evidente su fragilidad, la certeza constante de que la diversión, la belleza y el dinero son transitorios produce temor. Aunque la idea del éxito esté ligada a la socialización en realidad la mayoría se mueve bajo estas ambiciones egoístas.

La sociabilidad no trae un manual de instrucciones, por eso la mayoría de las relaciones humanas son hipócritas, intrascendentes, y forzosas. La compañía es una elección, la socialización una necesidad.

LA SOLEDAD DE TOMOKO

De la misma forma que existe un extenso grupo que se mueve bajo el paradigma social expuesto en la primera parte de este análisis también tenemos a un limitado grupo que no lo hace debido a su carencia de habilidades sociales o comunicativas, a lo largo de la historia estos individuos han sido vistos desde muchas perspectivas, despertando la curiosidad de muchos campos de estudio entre los cuales se destaca la psicología, ciencia que se ha encargado de explicar y aportarle diversos nombres a este comportamiento o “condición” humana, puesto que, como es bien sabido, desafía los estándares de la normalidad. 

Hemos encontrado que muchas de las personas que alguna vez tuvieron esta “condición” dejaron una huella importante en la historia (en su mayoría intelectual) destacando sus aportes en el campo científico, filosófico, e incluso musical; sin embargo, muchos otros, se interesaron precisamente por lo opuesto: al aislamiento y a la ociosidad, y finalmente todo individuo mentalmente perturbado que se destacó por sus actos criminales; por esta razón desafiar la normalidad tampoco es un sinónimo absoluto de grandeza.

Llegado a esto, es necesario retornar al punto inicial de nuestro análisis: Tomoko Kuroki, a quién le corresponde la peor parte de este grupo de individuos “socialmente marginados”.

Lo único que conocemos de su pasado es que durante la primaria tuvo una amiga que poseía sus mismos gustos y con la cual se reencuentra en los primeros episodios del anime, sin embargo, ya no es la misma persona que solía ser pues ahora pertenece al paradigma de la normalidad. 

El desarrollo de la personalidad de Tomoko está en pleno apogeo, y de ella podemos distinguir dos posiciones opuestas: el deseo de pertenecer a la sociedad y su desprecio por la misma. Durante los primeros capítulos nos expresa su anhelo por ser una chica popular y para ello, llevando a cabo el acto de la imitación, comienza una serie de “transformaciones” que irremediablemente son conducidas al fracaso pues no está en su esencia llevarlas a cabo con naturalidad, y al momento de exponerse a la multitud empieza a cuestionar y a desestimar la actitud de aquellos a los que intenta imitar, preguntándose si realmente vale la pena realizar actividades tan absurdas como preocuparse por el físico, buscar pareja o ir a fiestas.

Empero, le es inevitable caer en la desesperación de sentirse invisible, y que esta incapacidad para comunicarse entorpezca incluso las cosas más sencillas, como comprar, saludar, despedirse o cualquier cosa que implique hablar con otra persona, por más simple que sea; a Tomoko se le ve caer constantemente en una crisis nerviosa, llegando al extremo de vomitar y llorar desconsoladamente, reflejando así en el espectador su soledad.         

Tomoko es consciente de que su posición es desafortunada y a su vez  irremediable, pues le es imposible socializar con tanta naturalidad como sus compañeros.                                            

Su identidad refleja una evidente carga de pensamientos intrusivos, arrepentimiento constante y frustración sexual; rasgos que la conducen a forzar un comportamiento que no es suyo y a ceder ante las banalidades del entorno social.

Finalmente, es menester aclarar que, cualquiera de los dos extremos es malo, puesto que aunque la soledad de Tomoko suele ser cómoda cuando se sumerge en sus aficiones, también es nociva cuando se obsesiona con sus carencias.

La soledad debe usarse como una herramienta para el progreso ya que solo allí, lejos de la influencia externa, podemos ser verdaderamente auténticos.



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